¿Le esperas?

Mensaje de Junio 2019

Mis queridos jóvenes:
Os saludo en el nombre del Señor Jesucristo y pido que sus bendicio-nes, amor y dirección sean sobre vosotros en abundancia.

Del trono al pesebre
Hoy os invito a reflexionar sobre el texto de Filipenses 2:7, “sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres” (LBLA).
Siempre se ha dicho que pasar del mal al bien, es decir de una vida de pobreza y privaciones a una vida de abundancia, es más fácil que al contrario. De hecho poco o nada se oye de hombres o mujeres de altas posiciones sociales que renunciaran a todo para cambiarlo por una vida de necesidad. El asunto se torna más complejo cuando hablamos de reyes o presidentes de gobierno de grandes naciones o los magnates del mundo de los negocios. ¿Quién está dispuesto a bajar de su posición exaltada voluntariamente? Creo que ninguno.

Sin embargo, queridos jóvenes, la Biblia nos presenta la historia más sublime e increíble que jamás se halla contado con relación a la renuncia del Ser más exaltado del Universo, me refiero al Señor Jesucristo, “Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, aunque era rico, por causa de vosotros se hizo pobre…” (2 Cor. 8:9). (CST). Aquí, el apóstol Pablo nos declara y rebela el acto más extraordinario que ha sucedido en este planeta desde que existe: La encarnación de Cristo.

La venida de Cristo a este mundo fue anunciada y esperada desde la caída del ser humano en el pecado. Adán y Eva recibieron esta promesa y ellos le trasmitieron a sus descendientes esta “bendita esperanza”, como la llama Pablo en Tito 2:13, aunque el apóstol en este texto hace mención de la segunda venida del Señor Jesús. La primera venida fue un hecho anhelado por los hijos de Dios. Durante siglos los patriarcas, profetas y hombres y mujeres de fe, proclamaron este evento. Notemos que esta revelación de naturaleza extraordinaria, no sólo nos declara el por qué Cristo iba a venir a este mundo, sino que nos habla de su carácter y atributos.

El texto mencionado anteriormente de Tito nos dice que quién vendría a este mundo es “nuestro gran Dios” y “Salvador Jesucristo”. No era una criatura creada por Dios con el objetivo de “arreglar” un problema que competía a la divinidad. Tengamos en cuenta que Dios había sido acusado por uno de sus ángeles de ser arbitrario, duro y parcial en su gobierno, que su Ley era incumplible y que nadie podía someterse a sus requerimientos. ¿Iba el Gran Legislador a mandar a una criatura suya, creada por Él, a dar la cara? Sólo el Autor de la Ley podía demostrar que sus mandamientos eran santos, justos y buenos, tal y como dice en Romanos 7:12. ¿Cómo? ¡Humanándose y sometiéndose a la obediencia!

Cristo, la segunda Persona de la Divinidad, tomó la responsabilidad, por amor a nosotros, de encarnarse y colocarse a la altura del ser humano. Dejó su trono real para cambiarlo por un pesebre; dejó su familia celestial para cam-biarlo por una familia terrenal humilde y pobre; dejó la adoración de los ángeles y la gloria que tenía junto al Padre, para cambiarlo por el desprecio de los humanos que había venido a salvar y se zambulló en un ambiente degradado por cuatro mil años. ¿No resulta difícil entender esto? Este es el misterio de los misterios: “El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:5-8). (RVR1960).

Una vez más Pablo confirma la deidad de Jesús cuando dice que el Salvador “no estimó el ser igual a Dios”. Otras versiones dice: “pero no se aprovechó de ser igual a Dios” (PDT) o “Aunque Cristo siempre fue igual a Dios, no insistió en esa igualdad” (TLA). Vemos claramente que Cristo no fue un simple hombre sino Dios encarnado, de hecho así se le presenta en las Escrituras cuando se anunciaba su primera venida: “He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo. Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros” (Mat. 1:23). (RVR1960).
¡Qué maravilla de las maravillas! El mismo Dios, en la persona divina de su Hijo Jesús, también Dios, se hace hombre. Esto es lo que molestaba terriblemente los judíos que no aceptaban la divinidad del Señor Jesús. Este era su argumento: “Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios” (Jn. 10:33). (RVR1960).

La redención del ser humano
¿Y cuál fue el objetivo de toda esta entrega? Pablo lo explica en el mismo contexto donde dice que Cristo es Dios y que vino a esta tierra “para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14). Querido joven, ¿no te conmueve la abnegación de Cristo? Jamás nadie en esta tierra nos amará de igual manera. Jamás nadie hará por nosotros algo tan grande, profundo e inefable, como lo que hizo nuestro Salvador. ¿No tendría que conmoverse nuestro corazón de tal manera que cayésemos rendidos ante los pies de Aquel que su vida dio para redimirnos?

Cuando llegó el momento profético, Cristo se hizo hombre y nació en Belén, pero ¿cuántos le esperaban? Casi nadie. ¿No es algo increíble? No es que la gente fuese atea y que no creyera nada de lo que anunciaban las escrituras hebreas. No. Al contrario; miles decían ser adoradores del Dios verdadero y proclamaban a los cuatro vientos su esperanza de que el Mesías anunciado en las profecías iba a manifestarse. En el templo se realizaban día tras día los rituales que apuntaban a la venida del Salvador, pero era todo frío, mecánico, sin vida, rituales muertos, cuyo resultado era la apatía espiritual.

La primera venida de Jesús se verificó hace dos mil años y sólo un grupo de pastores que cuidaban sus rebaños en las colinas de Belén fueron avisados por ángeles de Dios, de que el Mesías había nacido. Asimismo unos sabios de oriente que estudiaban las profecías hebreas y que tenían verdadero interés es saber e momento en que se materializaría el evento más glorioso de este mundo, fueron guiados hasta el pesebre donde encontraron al niño envuelto en pañales. Al verlo lo adoraron y también le trajeron presentes. ¿Y nosotros? ¿Y tú yo? ¿Estamos preparados para recibir al Señor Jesús en su segunda venida? ¿Le esperamos?

Conclusión
Queridos jóvenes, existe el peligro en que nos acostumbremos a hablar de la venida de Jesús, a citar una y mil veces los textos bíblicos que lo anun-cian pero caer en una rutina que adormezca nuestros sentidos espirituales. Ya muchas iglesias cristianas han dejado de proclamar la inminente segunda venida de Cristo en gloria y majestad. Los creyentes se están acomodando a sus vidas tranquilas y el deseo de que el Salvador regrese con sus miríadas de ángeles para terminar con el sufrimiento humano, se está desdibujando del horizonte cristiano. ¿Será que le estamos esperando de verdad? ¿Nos estamos preparando para este evento? Que así sea.

José Vicente Giner
Pastor y director del Departamento de Jóvenes de la Asociación General

Para la reflexión:
1. ¿Por qué casi nadie esperaba a Jesús en su primera venida?
2. ¿Faltaba evidencias, datos, información sobre este asunto?
3. ¿Qué significa que Jesús se haya hecho hombre?
4. ¿Estamos esperando a Cristo en su segunda venida?
5. ¿Qué podemos hacer para acelerarla?

Abreviaturas de versión bíblicas
LBLA La Biblia de las Américas
NVI Nueva Versión Internacional
PDT Palabra de Dios para Todos
RVR1960 Reina-Valera 1960

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